Ayer me metí en mi cabeza y maté a mi yo mientras dormía. Me abalancé sobre él, y lo estrangulé con mis propias manos. Ignoré sus súplicas y lo maté. No pensé dos veces, y lo maté.
Ayer maté a mi yo con el afán de volverme algo más. Tener una no-personalidad. Romper sus moldes y sus normalidades. No reculé en terminar con todos sus sesgos institucionales; sus “bien” y sus “mal”, y lo maté.
Lo maté, sí. Pero tuve mis razones:
Quería derrumbar la estructura mental de suspicacia que mi yo levantó– con un andamiaje de experiencias–.
Quería bajarme de esa atalaya de juicio y madera vieja que, desde atrás de mis córneas vigila al porvenir– ése, que implacable marcha hacia acá, aunque no quieras. Decidido, viene comiéndose los segundos como caramelos; devorando mis planes a bocados chicos y llenándose la panza con ellos. Dejando mis fantasías al costado del plato–.
¿Quién, viciado por juicios y miedos, puede lograr querer a alguien?
Yo queria querer. Por eso maté a mi yo.
Sí, maté a mi yo. Pero que algo quede claro:
Mi yo era muy bueno. Bondadoso, empático– rozando la coodependencia, quizás–, pero calculador y responsable con las “cantidades” de afecto. Un soñador. Lleno de huecos y pleno de faltas, y aun asi me supo traer hasta acá. Hizo un buen trabajo.
Sólo que tenía algo. Algo que me enloquecía.
Era hijo. El hijo perpetuo de un hombre que ya no tiene voz, pero que aun amo.
Yo quería ser mi propio padre. Por eso maté a mi yo.
Ayer, cuando lo sorprendí en su sueño, sentí su pulso menguar a través de mis palmas– y de mis dedos también–. Vi su mirada desvaída perderse en el vacío, después de clamar piedad; otra oportunidad. Pero le di muerte y apagué sus latidos.
Lo maté y todavía puedo sentirlo en mis manos. Me estremece.
Ayer maté a mi yo.
Y hoy tengo miedo. Estoy vulnerable. No tengo juicios, ni defensas. Desprotegido. Estoy vulnerable. A ser subyugado por cualquier estímulo ilusorio. Tengo miedo de sucumbir a los pies de un amor (otra vez).
Tengo miedo de ser.
Lo que siempre quise ser: Yo.